El bitcoin cotiza este sábado en torno a los 81.488 dólares, con un descenso del 0,51% en las últimas veinticuatro horas. Mientras el precio se estabiliza, una idea lleva días abriéndose paso en las conversaciones del sector: la posibilidad de que la mayor criptomoneda regrese a los 10.000 dólares. No es una predicción nueva, pero sí la que sostiene Mike Glone, de Bloomberg Intelligence, con una condición muy concreta: que la renta variable estadounidense caiga alrededor de un 20%.
La propuesta de McGlone no describe un accidente aislado del bitcoin, sino una consecuencia de la relación cada vez más estrecha entre el activo digital y los mercados de riesgo. En su lectura, el bitcoin ha dejado de ser ese refugio independiente que se vendía en las primeras etapas del ciclo y cotiza hoy al ritmo de las acciones. Si la bolsa se desangra, la criptomoneda no se quedaría al margen. De cumplirse ese escenario, hablaríamos de un retroceso de casi el 88% desde los niveles actuales.
Tres voces y tres suelos muy distintos
La visión de McGlone choca con la de otros analistas que también siguen el mercado de cerca. Ki Young Ju, consejero delegado de la firma de datos CryptoQuant, sitúa el piso del bitcoin cerca de los 30.000 dólares. Su cálculo, según explican desde la compañía, no sale de una intuición, sino del cruce de tres factores: los flujos de entrada de los fondos cotizados (ETF), las tenencias que acumulan las empresas en sus balances y las métricas on-chain. Es decir, pone el foco en quién está comprando y a qué precios entrar.
La diferencia entre ambos escenarios no es menor: entre los 10.000 y los 30.000 dólares median unos 20.000 dólares por unidad, la mitad del valor actual del bitcoin. Para el inversor, el debate plantea una pregunta fundamental: ¿tiene el mercado una base estructural que lo sostenga en caso de crisis, o depende en exceso de la liquidez y del apetito por el riesgo?
En el lado más optimista se sitúa Jurrien Timmer, de Fidelity. El estratega mantiene una lectura más constructiva del ciclo y no descarta que el precio se encuentre en una fase de consolidación propia de los mercados alcistas, no en el inicio de un desplome como el que dibuja McGlone. Su visión se apoya en la madurez del activo y en la evolución de su base de propietarios, no solo en los precios a corto plazo.
Por qué la correlación con la bolsa marca el debate
Lo interesante del cara a cara no es tanto quién acierte como el terreno común que todos reconocen: el bitcoin ya no es un apéndice aislado del sistema financiero. La aprobación y el crecimiento de los ETF al contado en Estados Unidos lo han convertido en un activo accesible a través de los mismos canales que los fondos de acciones, gestionado muchas veces por los mismos intermediarios. Esa puerta abierta ha traído capital, pero también ha aumentado su dependencia de los flujos institucionales y de la liquidez global.
Cuando la renta variable cae con fuerza, los inversores suelen reducir la exposición a todo lo que tenga riesgo. En esas jornadas, el bitcoin actúa en la práctica como un activo de mayor beta: cae más rápido que las acciones. Por eso el escenario de McGlone no exige un colapso del sistema, basta con un shock moderado en los mercados de valores. Un descenso del 20% en el S&P 500, lejos de ser un escenario extremo, es un ajuste habitual en un ciclo bajista. Y en un contexto así, un repunte de la volatilidad y una retirada de los ETF pueden retroalimentar la caída.
La tesis inversa: la base de costes como red de seguridad
El argumento de CryptoQuant se apoya en una idea distinta. Si las empresas y los fondos han comprado en los últimos años a precios muy superiores a ese supuesto piso de 30.000 dólares, tendrían pocos incentivos a vender en pánico por debajo de su coste medio. Desde esa óptica, la composición del accionariado ha cambiado: no es la misma que en 2018 o 2022, cuando los inversores minoristas compraban en máximos y salían escaldados en el primer bache.
La lógica tiene sentido, aunque no es infalible. Las tenencias corporativas se concentran en pocas empresas, algunas muy apalancadas, y los ETF no son un monolito. Un fondo puede reembolsar posiciones si sus clientes salen en busca de liquidez durante una crisis. Cuanto mayor sea el peso institucional, más ligado estará el bitcoin al ciclo de las carteras diversificadas y a los movimientos de los gestores de activos.
Los tres escenarios parten de premisas razonables y, sin embargo, dibujan futuros que difieren en más del 50%. Esa es la mejor medida de la incertidumbre que rodea al activo hoy.
Conviene manejar con prudencia cualquier pronóstico de este tipo. Tanto la marca de los 10.000 dólares como la de los 30.000 son escenarios condicionales, no certezas: dependen de variables que todavía no se han producido. Nadie garantiza el rumbo del precio, y las predicciones que circulan en redes suelen fijarse solo en el objetivo final y olvidar la condición que lo acompaña.
Qué mirar para orientarse
Para quien quiera seguir el debate con criterio propio, hay algunas señales útiles. La primera es la evolución de la renta variable estadounidense: si los índices corrigen con fuerza, la tesis bajista gana enteros. La segunda son los flujos de entrada y salida de los ETF al contado, que funcionan como termómetro del interés institucional. También conviene vigilar los balances de las empresas con tesorería en bitcoin, cada vez más relevantes para el precio.
- Bolsa: la evolución del S&P 500 y del Nasdaq determina el apetito por el riesgo de los gestores de carteras.
- Flujos de ETF: entradas sostenidas apoyan el precio; reembolsos prolongados lo presionan a la baja.
- Tenencias corporativas: la concentración de bitcoin en pocos balances añade un factor de riesgo y un apoyo al mismo tiempo.
- Métricas on-chain: el coste de adquisición de tenedores de largo plazo y la actividad de las ballenas permiten estimar posibles soportes.
El hecho de que un analista de Bloomberg plantee un escenario tan negativo como una posibilidad no significa que vaya a producirse. Significa que lo considera lo bastante probable como para ponerlo por escrito. Y en un mercado que acaba de pasar por ciclos de euforia y correcciones severas, la mejor lectura es no casarse con ningún pronóstico: ni con los que prometen un bitcoin a seis cifras, ni con los que lo devuelven a cinco.
